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Tomasinos que inspiran

EL DIPLOMA QUE SE LEYÓ CON EL CORAZÓN

4 Mins leída

Esteban subió al escenario de la universidad vestido con toga y birrete, y el auditorio estalló en aplausos. Algunos lloraron, sin entender el por qué, otros estaban tan emocionados que se pusieron de pie. Todos lo aplaudieron de corazón.

Esteban no vio a las personas que lo felicitaban. No pudo ver los rostros emocionados de las más de 600 personas que lo aclamaban.  Solo sentía el brazo de su mamá que lo guiaba una vez más, como lo venía haciendo desde hace 23 años. 

Esteban tampoco vio el diploma que le entregaron, pero sin duda alguna lo sintió y lo leyó con el corazón. Las palabras grabadas en braille le daban la bienvenida a su profesión: Ingeniero de Sistemas.

Un diploma que recibió al lado de su madre, y es que ella: Claudia, no sólo lo acompañó al estrado, estuvo cada clase, cada noche de desvelo, cada momento de duda o tropiezo. Ella lo sostuvo en el auditorio y en la vida. Juntos recibieron ese diploma que trazaba también líneas de código escritas con sacrificio, amor incondicional, lágrimas, esfuerzo y sin duda: satisfacción.

“Él no iba a poder ver su diploma… pero sí lo iba a poder leer”, dice Claudia, con voz temblorosa. Y así fue. La universidad, consciente del recorrido de Esteban, hizo algo que jamás olvidará: diseñaron un diploma en braille solo para él. Fue el primero. Un gesto silencioso, profundo, tierno. “Fue algo muy bonito”, recuerda.

“No fue fácil para mí graduarme, haber llegado hasta aquí. Me siento orgulloso de mí mismo, y de todas las personas que me apoyaron”, dijo Esteban con la voz entrecortada y la emoción a flor de piel.

 

 

 El niño que compiló el código de los sueños

En el 2002 nació Esteban en una familia unida y amorosa. Él es invidente de nacimiento y desde pequeño entendió que su mundo era distinto, pues mientras sus amigos aprendían con dibujos o letras, él memorizaba sonidos y espacios. No podía ver, pero imaginó el mundo, y eso fue suficiente. 

“Quiero ser Ingeniero de Sistemas” le dijo una tarde a su mamá. Ella lo miró asustada, lo admiró en silencio porque sabía que no sería fácil. Pero conocía a su hijo y sabía que no se iba a rendir. Es mamá así que lo apoyó incondicionalmente. 

“Él jamás ha renegado por su condición” dice, “si ha tenido momentos de tristeza, claro. Pero ha sabido pararse y seguir adelante. Nunca ha dejado de soñar. Yo dentro de mi decía: ¡difícil!, muy visual esa carrera, muy compleja… pero lo vi tan decidido que entendí que había que apoyarlo”. 

 

Cuando el sistema se cae… y se vuelve a desplegar

Estudiar en una universidad privada y en la capital de Boyacá, no era una opción tan fácil para ellos, la economía no daba. Pero él se había enamorado de esa universidad y no quería otra. La conoció por algunos docentes que visitaron Jenesano, municipio donde su familia había decidido alquilar una granja y trabajarla. 

El destino los contactó con una fundación que prometió una beca para costear sus estudios. Pero la luz que apareció en el camino se apagó rápido. Esa beca fue retirada a último momento. El sueño tambaleaba. 

“Ahí sentimos que todo se venía abajo. Ya habíamos hecho sacrificios, pero no teníamos cómo pagar la matrícula”, recuerda Claudia. Decidieron pedir un préstamo. Se endeudaron. Se aferraron a la esperanza.

Una moto era el medio de transporte que el papá de Esteban usaba para llevarlo a clases desde Jenesano hasta Tunja. Todos los días, en las madrugadas y en las noches. Bajo el frío o el sol. Bajo la fe intacta. Hasta que fue demasiado. Entonces Claudia tomó una decisión: dejó su casa su hija y su esposo para convertirse en los ojos de Esteban en la universidad.

Se mudaron a Tunja, a una habitación pequeña que alcanzaba apenas para ellos dos. “Yo no podía trabajar. Todo giraba en torno a él. Iba a clase con Esteban, yo tomaba apuntes, y buscaba las formas de explicarle lo que él no podía ver”.

Los ahorros dieron para vivir así unos semestres. Tuvieron que regresar a Jenesano y con el apoyo de la universidad lograron pagar un carro que lo transportara diariamente. Hicieron rifas, vendieron yogures. Así transcurrieron los semestres.

 

 

Lo que no se vio en el backend pero se reflejó en el frontend

Mientras tanto, en las aulas de la universidad se libraba otra batalla. “Me retó bastante encontrar lenguajes de programación que funcionaran con mi lector de pantalla. Era una lucha constante con cada ingeniero para encontrar los adecuados. Por momentos sentí que no iba a poder”, confiesa Esteban. 

Sus docentes también fueron guerreros de batalla. Cuenta su docente Nury Yolanda Suárez: “Al comienzo dije: ¿cómo va a hacer si no puede ver? Pero él tenía muchas ganas de aprender, y eso hace que uno como docente también busque cómo enseñarle mejor”. Y sí que buscaron la manera: “nos capacitaron para poder enseñarle, nos entregaron lectores de pantalla y material didáctico. Para mí fue un reto que me llenó de satisfacción. Recuerdo cómo él fue capaz de interpretar los colores utilizando códigos, algo que parecía imposible para cualquier persona” dijo otro de sus docentes, Juan Francisco Mendoza: “Esteban nos enseñó que la accesibilidad debería ser una prioridad en los desarrollos web, y sus habilidades se convirtieron en una inspiración para todos nosotros y para sus compañeros”.

“Yo lo valoro porque ha sabido aprovechar cada oportunidad. Es de los estudiantes que más aprecio le tengo” asegura Jossitt Vagas, otro de sus docentes que lo acompañó en el proceso.

“Yo pienso que, si en realidad se quiere aprender, no hay límite de ningún tipo” dice Esteban con una inmensa sonrisa en su rostro.

 

De la versión Beta a la versión Oficial

El 6 de diciembre de 2024 este joven se convirtió en Ingeniero de Sistemas: su versión oficial.

El ingeniero Dayron Esteban Quevedo Velasco demostró que hay diplomas que no necesitan ser vistos, para dejar huella. Que hay personas que reescriben las reglas de su realidad con el corazón, para formar el futuro que sueñan.

Esta es una historia llena de líneas de código llamadas fe, sacrificio, amor, familia, esperanza, esfuerzo, inclusión y dignidad.

Y la Universidad Santo Tomás Seccional Tunja se enorgullece de Esteban, de su mamá y su familia: son Tomasinos que Inspiran.

 

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