Todo pasó como levitan los suspiros en el fugaz espacio de la noche. Fueron cuatro cortos días donde Funmúsica propicio el recuentro de los abrazos y un momento insospechado para saldar cuentas con el corazón, hacer las paces con el alma y estrechar en el regazo al amigo, al contertulio y a los cómplices de tantos sueños.
Y es que aunque así ha sido siempre, el Mono Núñez en esta ocasión había mil motivos más para celebrar la vida y manifestar, desde lo más profundo del ser, la amistad y la solidaridad por ese “…regalo que aprendimos a valorar…” como lo expresa el genial Leonardo Laverde en una de sus emblemáticas canciones o “Vivir cantando” que anota el gran Lucho Vergara en el bambuco insigne del Festival.
Al arribo a Ginebra todos queríamos posar frente a la escultura de la bandola ubicada a inmediaciones de ingreso a la ciudad, lugar donde se registra ese primer palpito de felicidad, porque como anotaron muchos en sus redes, “se llegó a tierra santa” utilizando un adjetivo sagrado donde se refrenda respeto y admiración por el evento rector de la música andina colombiana.
La ruta continua hasta llegar a la sede de Funmúsica, una modesta escuela adaptada para recibir con los brazos y el corazón de par en par a todos los que llegan en busca de su acreditación, los abonos, la programación o cualquier inquietud surgida de esa adrenalina que llevan consigo los participantes y la ansiedad expresada por quienes tienen compromisos en la parrilla de contenido del Festival.
La ubicación en las casas y las fincas de Ginebra se hizo de inmediato para situar allí a las delegaciones; unas en pequeños grupos y otras como Boyacá y Caldas en grandes cifras que sobrepasan los 260 aforados. El departamento de la Libertad rompió el récord de los años anteriores.
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