Lejos de convertirse en una paranoia o en un trastorno delirante de algunos educadores, licenciados, maestros y doctores en filosofía, esta columna busca ser un espacio para preguntarse e indagar: ¿Cuál es el lugar de la filosofía en la educación superior en un mundo en crisis? ¿Qué pensar sobre la guerra y los conflictos contemporáneos en medio Oriente? ¿Qué crítica merece la violencia estructural en sociedades como la colombiana? ¿Qué posición asumir ante el cambio climático, la contaminación y el consumismo? Estas preguntas, evidencian lo que también es la filosofía, una actitud eminentemente crítica.
Según la UNESCO, el Día Internacional de la Filosofía se celebra cada año el tercer jueves de noviembre. Sin embargo, en este año, específicamente en la Universidad Santo Tomás Seccional Tunja no hubo un solo espacio y actividad que conmemorara este valioso día en conjunto con la comunidad tomasina. Pero esto no solo ocurre con las celebraciones internas; forma parte de un contexto político más amplio que busca que la filosofía pierda espacios y lugares dentro de la formación y educación de seres humanos.
A saber, la Sociedad Colombiana de Filosofía, en 2024, promovió una iniciativa y una petición en línea para incluir un artículo sobre el derecho a la filosofía, las ciencias sociales y las humanidades en la Ley Estatutaria de Educación que se proponía en el Congreso de la República. Esto se presentó por omisión, negligencia y negación de algunos sectores políticos para abrir y garantizar espacios a la filosofía dentro de las instituciones educativas. Ello no debe sorprendernos ni es algo nuevo, pues la filosofía y la política han tenido una pugna histórica. Mientras que en la política hay espacios, lugares e incluso actores para las mentiras, los engaños y las ilusiones, en la filosofía hay una tarea de revelarlas a través de la crítica. Su principal función es perseguir y buscar la verdad; por eso es tan importante defender su espacio en las aulas universitarias, a pesar de que incluso los mismos estudiantes se resistan a ella por creencias infundadas que le restan valor, por considerar que la filosofía no es útil o genera algún tipo de ingreso económico.
No es extraño que en su escrito Infocracia, el célebre filósofo surcoreano Byung-Chul Han mencione que atravesamos una crisis de la verdad que inicia con desfactificar los hechos, es decir, la tendencia a negar los hechos y realidad. Tampoco resulta extraño considerar aquel aforismo de Schopenhauer, en el prólogo de su obra El mundo como voluntad y representación, donde esclarece que, ante una filosofía carente de amigos, no remunerada y con frecuencia perseguida, no queda otro camino que defenderla, entre varias razones, porque ella solo aspira a la verdad. Por eso, la filosofía es polémica, controversial e incluso despreciada.
En consecuencia, quitarle lugar y espacio a la filosofía en la educación y formación de los estudiantes universitarios es un claro indicador de que esto no es un trastorno delirante, tampoco un miedo infundado o un invento fantasioso de nosotros, los pedagogos y filósofos. Sin espacios, lugares, actores y tiempos para la filosofía, los educadores no podemos permitirnos ejercer este derecho y esta libertad de pensar por nosotros mismos, delegando esta tarea al otro, como diría Kant, entregamos al otro la capacidad de pensar por nosotros.
Sin la filosofía en nuestras instituciones educativas y nuestros currículos no es posible aporta en a desarrollar y ejercitar en nuestros estudiantes habilidades críticas de pensamiento como: la interrogación y el cuestionamiento, la lectura crítica e interpretación de textos, la redacción de ensayos, la capacidad de comunicar oralmente y participar en diálogos o conversatorios, la actitud de dudar sobre las aparentes verdades y los constantes engaños que circulan a diario en las redes sociales, entre muchas otras bondades que aporta la filosofía, esenciales para el espíritu crítico de los estudiantes.
Los nuevos acuerdos en las universidades se han orientado a disminuir los créditos de los espacios académicos de humanidades y ciencias sociales. Esto corresponde a la reducción de los semestres en los programas académicos. En otras universidades existe la tendencia a la virtualización de los espacios académicos, reduciendo al mínimo la interacción y el contacto entre estudiantes y educadores. En otras, la política ha sido más radical: han terminado por cerrar y eliminar la formación humanista e integral de los planes de estudio. No menos preocupante a futuro es la sustitución de los educadores por el uso de la tecnología, la inteligencia artificial y los hologramas. ¿Qué espacios y lugares dispondrá la filosofía en un panorama como este?
Mientras las universidades sigan concibiéndose solo como instituciones que preparan a los estudiantes para hacer parte de un modelo de negocio, para el mundo laboral y técnico, para emprender una empresa y formar parte del paradigma de la producción y el consumo, la tendencia de reducir los espacios y lugares de la filosofía seguirá aumentando en intensidad. Quizás llegue a eliminarse de los planes de estudio y los currículos.
¿Qué nos resta por hacer? ¿Cuál es la esperanza? Uno de los aspectos centrales consiste en apelar y defender la necesidad de la filosofía, tanto al interior de nuestras instituciones como en su exterior, en otros escenarios institucionales como el Congreso de la República. Esta defensa parte de abrir otros lugares y espacios para el diálogo. Desde la antigua Grecia, los filósofos clásicos concibieron el diálogo como una de las prácticas y ejercicios espirituales de la filosofía. No obstante, sin interlocutores o sin la voluntad de escucharse mutuamente, no pueden darse esos diálogos.



