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¿Para qué poetas en tiempos de penuria?

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La pregunta fue formulada por el poeta alemán Friedrich Hölderlin en la elegía Pan y vino hacia 1801. Aunque surge en un contexto distinto al nuestro, no ha dejado de interpelar a cada época, incluida la actual. Hoy, la crisis del derecho internacional humanitario en las conflagraciones en curso y el progresivo desdibujamiento de los derechos humanos, incluso en los espacios domésticos, erosionan para muchos las condiciones que hacen posible una vida plenamente humana; la eudaimonía. ¿Para qué poetas hoy? ¿Qué sentido puede tener el cuidado de la palabra en medio del miedo y la miseria? El propio Hölderlin sugiere una respuesta en 1803, en el poema Memoria (Andenken): “lo que permanece, lo fundan los poetas”.

La formulación original de la pregunta, Wozu Dichter in dürftiger Zeit?, emplea el término alemán Dichter, cuya traducción habitual al español es “poeta”. Sin embargo, su campo semántico remite también al acto de componer discursivamente, es decir, escribir, redactar y crear. En un sentido amplio, el poeta es quien contempla el mundo de forma artística y logra traducirlo en términos que hacen posible una escucha atenta. Desde esta perspectiva, la música, la pintura, la escultura, el teatro y otras manifestaciones pueden comprenderse dentro de esa labor del poeta como mediador de lo humano. El Dichter, en tanto figura privilegiada de la palabra, funda modos de comprensión que permiten interpelar la realidad que habitamos.

Si se acoge la premisa aristotélica según la cual la felicidad, la eudaimonía, constituye el bien supremo de la vida humana, es necesario reconocer que el despliegue de las capacidades orientadas hacia ella requiere de dos tipos de bienes: materiales e inmateriales. Los primeros configuran las condiciones estructurales de la vida, como las infraestructuras, entre ellas puentes, carreteras y acueductos, así como los conocimientos técnicos que garantizan su continuidad y desarrollo. Los segundos, a cuyo ámbito pertenece esta reflexión, corresponden a las ciencias del espíritu, que hacen posible una vida con sentido, abierta al goce de la belleza y capaz de confrontar la dimensión catastrófica inherente a la existencia humana. ¿Para qué poetas en tiempos de penuria? Tal vez para permanecer en lo humano, en la búsqueda de la felicidad, y resistir la reducción de la existencia a un mero funcionamiento mecanicista y desprovisto de finalidad.

Los bienes espirituales de la humanidad son tan susceptibles de ruina como los materiales. Así como los edificios requieren mantenimiento, reparaciones, estudios de sismorresistencia y procesos de adaptación para evitar su colapso, también los bienes de la palabra exigen el cuidado de una comunidad que los sostenga. Este cuidado no es menos riguroso que el de los bienes materiales. Una mala interpretación, una derivación falaz o la cristalización ideológica de los bienes espirituales pueden dar lugar a situaciones peligrosas. Toda comunidad que establece criterios de pertenencia define, de manera implícita o explícita, mecanismos de exclusión y marginación, como ocurre en los despliegues fascistas de ciertos nacionalismos que reclaman la pertenencia a la tierra y a la lengua por medios violentos.

De ahí la importancia de las ciencias del espíritu, capaces de advertir y denunciar estos peligros, así como de preservar el poder crítico de la palabra y la dimensión poética de la existencia. Hölderlin lo expresó con claridad en el poema Patmos: “donde crece el peligro, crece también lo que salva” (Wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch).

Por ello, la delicada responsabilidad del poeta, del Dichter, consiste en custodiar la ambivalencia del fármaco, el phármakon griego que designa a la vez el remedio y el veneno.

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Sobre el autor
Docente de la Dirección de Humanidades, Licenciado en Filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana, Magister de la Universidad San Buenaventura en Filosofía contemporánea.
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