Hoy tuve la fortuna de hablar con mi mamá y de escuchar su voz atentamente. Desde hace un tiempo soy más consciente de nuestra finitud y mortalidad. Precisamente por ello escucho con cuidado las palabras que me dice mi mamá. Quisiera grabarme todos los sonidos que ella enuncia para nunca olvidarlos y en el momento en que no esté, recordarlos, repensarlos, agradecerlos, revivirlos. También quisiera tener un cuaderno en donde anote todas las historias que me cuenta.
Supongo que lo mismo sienten las mamás respecto a sus hijos. Algunas mujeres que son madres me han dicho que conocieron el amor verdadero el día que se hicieron mamás. Quizá lo lógico es que los hijos deseemos guardar todo de nuestra madre en la cabeza, porque tenemos la esperanza natural de que seamos los hijos quienes podamos revivir un día a nuestros padres mediante los recuerdos.
Pues bien, recientemente mi mamá me contó una historia en la que la memoria, la vida, el dolor y el anhelo se entrecruzan.
El relato de mi mamá enseguida desbloqueó muchos recuerdos. Cuando era niño había una familia vecina con quien nos frecuentábamos mucho. El vínculo surgió en un inicio con la señora Elvira, quien a veces nos cuidaba a mi hermana menor y a mí. Nos trataba con mucho afecto. Tenía varios hijos, la mayor, Martha, después, Jeffer, Leidy y Duván.
Martha y Jeffer tenían ciertas características que yo calificaba de excéntricas, rasgos muy únicos que los diferenciaban de todos los niños y niñas que yo había conocido. Sin embargo, nada de eso era para mí motivo de animadversión, sino de encanto. Martha sufría de ataques extraños y tal vez por treinta segundos se desconectaba de este mundo. Cuando se despertaba, no sabía qué había pasado y pese a su situación, no lloraba, no gritaba, sólo seguía jugando.
Jeffer nació sin una oreja. Nunca lo sentí acomplejado por ello. Sus pies también eran distintos, muy torcidos. Yo lo notaba porque veía el esfuerzo tan grande que hacía para ponerse sus zapatos, que eso sí, siempre llevaba con dignidad. Con Jeffer, con Martha y con mi hermana menor jugábamos. Pasábamos horas hablando, riendo, siendo felices. Hoy en día valoro mucho la amistad, tanto así que considero que no tener amigos es una verdadera desgracia. Tal vez con ellos comencé a sentir el valor de la amistad.
Por otra parte, Leidy y Duván eran muy dulces, muy bonitos a la vista. Duván era el bebé y sus hermanos y sus padres se desvivían por él. No sé en qué momento se fueron de Chiquinquirá o se mudaron a otro lugar. Por mucho tiempo no volví a saber nada de ellos. Años más tarde, en la adolescencia, me encontraba casualmente con uno de ellos, con Jeffer. Él trabajaba en la única bolera del pueblo. Una tan anticuada que todavía no tenía una forma mecánica de recoger los bolos cada vez que un tiro los tumbaba. Jeffer era el que organizaba los pinos. Un día que fui a jugar pude verlo de lejos. Pensaba en su trabajo tan monótono, exigente de paciencia, como lo era su vida.
El tiempo empezó a causar efecto, pues nos hace creer que hemos olvidado, cuando realmente casi nada en esta vida se olvida, solamente se necesita de una magdalena que libere las memorias.
Hace cuatro años me enteré de que Duván, el bebé bonito por el que todos nos enternecíamos, decidió quitarse la vida. Pensé en la señora Elvira y sus hijos, en el dolor tan terrible que les pudo provocar la muerte de ese niño que se hizo grande y que al parecer era el motivo de orgullo de toda la familia.
Aquello que provocó que se vinieran todos estos recuerdos fue la lamentable noticia que me narró mi mamá: Me contó que Jeffer murió. Un carro lo atropelló hace unos días en Bogotá. De nuevo, recordé a la señora Elvira, a Martha y a Leidy. No quisiera siquiera imaginar el dolor que ellas viven en este momento, el segundo hijo y hermano muerto en menos de una década. ¡Cómo la fortuna, la suerte y el azar pueden ser tan macabros con algunos seres humanos!



