El presente escrito tiene como objetivo ofrecer una mirada personal de cómo la evaluación comenzó siendo una experiencia tortuosa y, poco a poco, se transformó en una situación más llevadera. En la actualidad, sigue siendo un factor determinante en el avance educativo, y en el ámbito universitario puede llegar a influir emocionalmente en muchos estudiantes.
En primer lugar, quiero compartir mi experiencia sobre la educación recibida durante la escuela primaria y la primera parte de la formación secundaria. Esta educación estuvo mediada por un modelo conductista, en el cual se premiaban las acciones que los docentes categorizaban como positivas y se castigaban aquellas consideradas negativas. Este enfoque generaba una tensión considerable, provocando temor, especialmente durante las evaluaciones. En esa época, los docentes formulaban preguntas concretas que, en su mayoría, requerían de memorización, y que tenían una única respuesta que debía ser entregada al pie de la letra, satisfaciendo las exigencias del docente. Esto provocaba en los estudiantes un miedo indescriptible, similar al que experimenta el protagonista de una película de terror, dominado por el temor.
En este sentido, la evaluación se establecía como una situación negativa e incómoda, en la que incluso se olvidaban los conocimientos adquiridos tras largas sesiones de repaso, lo que podía llevar a ser desaprobado en público, además de recibir una mala calificación.
Con el tiempo, aproximadamente desde el grado 9° en adelante, comenzó a implementarse un modelo evaluativo diferente, que no se centraba únicamente en el resultado obtenido por el estudiante. En esta etapa, los docentes empezaron a transformar los contenidos mediante el diálogo y el análisis de los resultados. Es decir, la evaluación comenzaba a percibirse de una manera más amigable. Ya no se vivía como una película de terror, sino como una de suspenso, donde prevalecía la expectativa ante un posible regaño o reprimenda que podía hacer sonrojar y generar la sensación de que las cosas no estaban bien.
La respuesta a esta transformación, claramente positiva, es que el docente dejó de centrar la evaluación únicamente en el estudiante y comenzó a preocuparse por la planificación de los contenidos, reconociendo que la evaluación no solo se realiza a los estudiantes, sino también a la institución.
Finalmente, se identifica un tercer momento en la transformación del proceso evaluativo, que ocurre durante la etapa de pregrado y posgrado universitario. En esta fase, la evaluación se transforma, con los docentes actuando como mediadores y los pares académicos y estudiantes participando en un proceso evaluativo más amigable. La evaluación se concibe como algo formativo, dejando atrás el suspenso mediado por el terror, y convirtiéndose en una experiencia más positiva en comparación con las etapas anteriores.



