Desde que inicie este intercambio fue una vuelta de 365 grados a mi vida. No lo digo como que fuese algo negativo o simplemente ser dramática, solo que el estar en otro país te cambia, transforma, te obliga a ver el mundo desde otra perspectiva. Vivir en otro territorio, aunque sea dentro de nuestra querida Latinoamérica que lo hace aun mejor, permitiendo experimentar en carne propia los choques culturales: desde las costumbres mas cotidianas, las comidas más extrañas hasta los acentos diversos, que lejos de distanciarnos nos enriquecen.
Lo maravilloso es que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos una historia profundamente similar. Nos unen las luchas sociales, las cicatrices de guerras pasadas y, sobre todo, una resiliencia que se siente cuando te das el tiempo de escuchar, de conversar, de conectar con los demás.
Llegar Tunja, al principio fue un reto. No lo niego, enfrentar lo desconocido, estar lejos de casa, de la familia, genera miedo. Pero todo cambio cuando me vi rodeada de personas que estaban viviendo lo mismo, los chicos y chicas del intercambio de distintas partes como Argentina, Paraguay, Brasil, Perú y, por último, pero no menos importante México, que, aunque yo sea mexicana, en este viaje tuve la fortuna de conocer a compatriotas de muchas partes del país, algo que ayudo muchísimo a sentirme acompañada y comprendida. La calidez de la gente colombiana fue otro soporte: su hospitalidad me recordó cuán parecidos somos como pueblos hermanos.
Estoy profundamente agradecida de poder formar parte de la SANTOTO aunque fuera un ratito. Ha sido una experiencia transformadora, con cada evento que enriqueció mi paso, por mencionar uno la feria gastronómica, siento que fue un evento en el que pudimos estar más unidos con la comunidad colombiana como con nuestros compañeros intercambistas, donde cada platillo fue una obra de arte de sabor. Gracias de corazón a todo el equipo de DRI por hacer esto posible. Pero más allá de lo académico o administrativo, lo que mas atesoro son las amistades que he formado.
Desde mi roomie, que, aunque venimos de la misma escuela, carrera y semestre, este intercambio me permitió conocerla a fondo y descubrir lo increíble que es. Juntas hemos vivido tantas aventuras, como también nuestro refugio en Casa CDMX, donde cada día me ha sacado de mi zona de confort y me ha permitido estar con personas increíbles. Los viajes con la mayoría del intercambio, donde Casa Durango ha sido una fuente para ver la vida desde distintas perspectivas, como aquel viaje donde descubrimos la rayuela extrema —sí, así como suena—, y reímos hasta el cansancio.
Mis compañeros de clase al principio me parecían bastante normales, tal vez por ese ambiente de formalidad académica. Pero con el tiempo, algunos se ganaron un lugar especial en mi corazón, como Laura y JuanDa. También valoro mucho a cada profesor que, más allá de ser excelentes ingenieros, transmiten su conocimiento con pasión y entrega.
Sin embargo, si hay un espacio que me ha marcado profundamente, ese ha sido teatro. Desde el primer momento que pisé ese escenario, me sentí en casa. Cada integrante del grupo es un personaje único, libre, auténtico. En ese lugar no hacen falta filtros, puedes ser tu mismo. El profesor, con su amor por el arte teatral, siempre encuentra la manera de unirnos, de hacernos sentir de algo más grande. Allí experimentar cosas nuevas no da miedo… bueno, excepto subirse a los zancos, eso sí impone. Pero incluso en esos momentos, todos están ahí para apoyarte. Gracias a este espacio he formado algunas de las amistades más cercanas con colombianos, lo cual me ha hecho sentir verdaderamente parte de esta comunidad.



