Vivimos tiempos de cambios vertiginosos y de inmediatez constante: debemos tomar decisiones que no dan espera, las tecnologías de la información y la comunicación nos ofrecen información al instante, exigimos resultados inmediatos, datos al instante; corremos buscando resultados que nos hacen la vida más fácil: “esperar” ya no es una práctica que, por lo general, predomine en el lenguaje juvenil, ni en los círculos empresariales y sociales, ni en la cotidianidad de nuestras relaciones.
Hemos iniciado en la Iglesia un nuevo tiempo litúrgico al que se le ha denominado el tiempo del “Adviento” , cuya expresión latina “adventus” significa “advenimiento” y hace referencia en la antigüedad romana al anuncio de la llegada del emperador o un alto funcionario a determinada ciudad; desde la perspectiva cristiana el tiempo del adviento nos ubica en camino hacia la Navidad en la que los cristianos celebramos con gozo la Encarnación del Hijo de Dios; este tiempo marca precisamente una lógica divergente con la dinámica de la inmediatez y del acelere pues durante cuatro domingos la liturgia de la iglesia nos invita a disponer y esperar el nacimiento del Niño Jesús; los signos existenciales y comunitarios que acompañan este tiempo son , -en contraste con la navidad precoz que ya el comercio celebra y anuncia-, la sobriedad , la oración, el recogimiento y la alegría gozosa.



