Es verdad: no siempre se le entiende lo que canta, sus letras pueden ser repetitivas y la profundidad poética no es su mayor virtud. Es verdad. Todas esas críticas pueden ser ciertas. Al final, la música —como casi todo— es cuestión de gustos.
Pero lo que Bad Bunny representó en el Super Bowl de este año fue histórico, controversial e icónico. Y después del show de Shakira y Jennifer López en 2020, profundamente memorable para la comunidad latina en el mundo.
Benito Antonio Martínez Ocasio, nacido en Vega Baja, Puerto Rico, el 10 de marzo de 1994, pasó de ser reponedor de supermercado y estudiante de comunicación a convertirse en un ícono global del trap y el reguetón. En pocos años acumuló 6 premios Grammy y 17 Latin Grammy, un récord entre los artistas latinos de su generación. Y en 2026, en Los Ángeles, coronó su carrera al ganar el premio más importante de la noche: Álbum del Año por Debí tirar más fotos (DTMF). Un álbum que me ofendió, me ofendió, sí. Me ofendió escuchar a Bad Bunny cantando salsa. Lo digo sin rodeos. Estoy enamorada de la salsa, un género sagrado, casi ceremonial, político, reservado para cantantes de alto nivel, de voz entrenada y trayectoria probada. La salsa, para mí, no se canta: se respeta. Y confieso que, por un instante, sentí que se cruzaba una línea, pero eso es tema para otra columna.
Volviendo al Conejo Malo, el Grammy no fue el mayor logro de este personaje. Su mayor victoria fue ganarse el corazón —y el respeto— de los latinos en el Super Bowl. Y déjeme explicarle por qué.
Lo que vimos fue una reivindicación de lo latino. Un espectáculo dedicado a exaltar nuestra cultura con símbolos que atraviesan todo el continente: el salón de belleza, las partidas de dominó, el niño dormido en una silla plástica en plena fiesta, el campo de caña de azúcar, la venta de comida en la calle. Lo cotidiano convertido en escenario. Lo que somos, sin maquillaje y poco aesthetic.
Bad Bunny también alzó la voz. Mientras interpretaba El Apagón, escaló un poste eléctrico para denunciar los apagones constantes en Puerto Rico. No fue un efecto especial: fue una acusación directa a la precariedad del sistema energético y a la negligencia institucional tras los desastres naturales. Fue decirle al mundo: esto pasa en mi casa.
Recordó algo que a muchos les incomoda escuchar: América es un continente, no un país. Nombró uno a uno los países del continente y cerró con un mensaje claro, simple y poderoso: Juntos somos América.
Cantó en español. En Estados Unidos. En un país que hoy mira con desprecio a los migrantes latinos. Cantó en español, sin pedir permiso.
Y, para cerrar, retomó el discurso que ya había pronunciado en los Grammy, criticando la política migratoria impulsada por el gobierno de Donald Trump.
Lo que Bad Bunny hizo fue un discurso político, pero no desde el púlpito ni desde el micrófono del poder, sino desde la música, la estética y la identidad. Se metió a la casa de un país que nos rechaza y, frente a más de 135 millones de espectadores, gritó: aquí estamos, y juntos somos América.
¿Quién diría que un reguetonero nos daría clases de identidad?
En uno de los escenarios deportivos y culturales más vistos del planeta, Bad Bunny hizo diplomacia cultural. Nos guste o no.
El problema no es Bad Bunny, ni el debate está en compararlo con los grandes artistas que, durante casi 60 años de historia del Super Bowl, han ofrecido espectáculos inolvidables: Michael Jackson, Whitney Houston, Aerosmith, Britney Spears, Paul McCartney, Rolling Stones, o el inolvidable Prince, cuya presentación muchos consideran la mejor de todos los tiempos.
Desde 2010, el estándar es altísimo: Madonna, Beyoncé, Katy Perry, Lady Gaga, Shakira y Jennifer López han protagonizado shows impecables, pensados para la televisión global y las redes sociales. Y fue precisamente en 2020 cuando el espectáculo de Shakira y JLo marcó un antes y un después al abrir, sin rodeos, el escenario a la comunidad latina.
Bad Bunny no es el primer artista en hablar de identidad latina, pero sí el primero en hacerlo desde uno de los escenarios deportivos y culturales más importantes del mundo.
Y sí, muchos dicen que no canta, que no compone, que es vulgar. Es válido. Pero eso no nos da derecho a negar un género entero, una cultura, una memoria histórica que se expresa —aunque incomode— a través de la música. Para algunos, el reguetón es burdo y básico. Para otros, es Caribe, barrio, migración, calle y baile. Muchos dicen: eso no es música. Pero la pregunta real es: ¿no es música para quién? Todo depende de la perspectiva.
Nos guste o no, el Conejo Malo hizo algo que pocos se atreven a hacer: convertir la identidad latina en un mensaje político global, en la sala de Trump.



