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¿Qué hacer en la escuela después del terremoto?

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La respuesta al sismo ocurrido en el Chocó y sus alrededores necesitará contener pedagógicamente el trauma del desastre en niñas, niños y adolescentes, porque la escuela debe seguir siendo un espacio seguro. 

Desde el informe Delors (UNESCO, 1996), el mundo asumió la relevancia del bienestar y el aprender a convivir juntos, donde la escuela debe ser el espacio seguro fundamental para niños, niñas y adolescentes, promoviendo una cultura de respeto hacia uno mismo, hacia los demás y hacia el entorno. En síntesis, la escuela debe ser un lugar de promoción de la vida pacífica y democrática. Esta idea, la UNESCO la ratificó en el informe Reimaginar juntos nuestros futuros (2022). Donde la escuela cumple funciones educativas y de refugio ante la violencia y los desastres naturales. Eso pasó este 10 de agosto, cuando el espacio educativo pasó de esa concepción abstracta como refugio a una realidad efectiva cuando la tierra tiembla.

El terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió a Colombia a las 7:34 de la mañana. Fue el sismo más fuerte del país en una década, se sintió en dieciséis departamentos y obligó al Gobierno a decretar situación de desastre nacional, con más de un centenar de víctimas mortales según los primeros balances. En el Eje Cafetero, uno de los territorios más golpeados, decenas de centros educativos resultaron afectados. Y, como suele ocurrir, la respuesta institucional se concentró, en lo inmediato, en revisar la infraestructura, suspender jornadas y trasladar las clases a la virtualidad, dentro de lo posible.

Pero hay una pregunta que casi nunca se formula con la misma urgencia, ¿qué pasará cuando esos niños vuelvan al aula?, ¿quién contiene lo que traen por dentro?, ¿cómo enfrentar el miedo, rabia, ansiedad y otras emociones cuando se perdió un familiar, la vivienda o el barrio producto de la catástrofe?

Vengo de Chile, país acostumbrado a vivir constantemente distintos tipos de catástrofes, incluidos los terremotos. Y pese a sufrir uno de los eventos sísmicos más grandes de la historia (el terremoto del 27 de febrero de 2010 con una magnitud de 8.8), no tenía una política que normara el proceder socioemocional en la escuela tras el desastre. Y en eso, Colombia no está mejor equipada. Cuenta con una robusta Ley de Gestión del Riesgo de Desastres (Ley 1523 de 2012) y con un Sistema Nacional de Convivencia Escolar (Ley 1620 de 2013), pero ninguno de los dos articula de manera explícita el acompañamiento psicoafectivo y la contención pedagógica del trauma en el retorno a clases. Un desafío que debe revertirse, para dejar de revisar sólo los muros y comenzar a trabajar sobre las heridas.

Si para un adulto es difícil perder lo que construyó con años de trabajo, imaginemos lo que ocurre en un niño cuando pierde su hogar o su espacio privado. Ahora, agréguese la magnitud de esa imagen cuando la afectada es casi la comunidad entera. En este sentido, la investigación es consistente: “estar expuestos a eventos traumáticos se asocia no solo con malestar emocional, sino con deterioro cognitivo y dificultades académicas (Perfect et al., 2016). Dicho en lenguaje simple, un estudiante asustado no está disponible para aprender. Lo que se traduce en que: primero hay que contener, después enseñar.

¿Cómo hacerlo? La ciencia del trauma masivo ofrece una hoja de ruta sencilla.

Hobfoll y un panel internacional de expertos (2007) sintetizaron cinco principios que toda intervención postdesastre debería ser promovida: 1) sensación de seguridad; 2) la calma, no intentando acelerar procesos por el tiempo perdido; 3) potenciar el sentido de eficacia (personal y colectiva); 4) fortalecer la conexión social y 5) devolver la esperanza. Traducidos al aula, significan restablecer rutinas y previsibilidad, dar lugar a la palabra y a la emoción de niños, niñas y adolescentes, sin obligar a nadie a relatar lo vivido, donde los Primeros Auxilios Psicológicos, avalados internacionalmente, evitan el interrogatorio forzado, precisamente porque puede resultar contraproducente; reconstruir vínculo y comunidad; y sostener la esperanza con horizontes concretos y alcanzables.

Hay, además, una recomendación urgente y contraintuitiva, en tiempos en que todo se vuelve repetitivo en las redes sociales, se debe proteger a los y las estudiantes de la sobreexposición mediática a lo ocurrido. Estudios realizados tras huracanes y atentados muestran que la exposición repetida a imágenes y noticias del desastre se asocia con síntomas de estrés postraumático en menores, incluso a miles de kilómetros del epicentro (Otto et al., 2007; Dick, Comer et al., 2021). Por ello, el aula debe ser el lugar donde se regule esa exposición, no donde se amplifique.

Nada de esto es posible si no cuidamos a quien cuida. Directivos y docentes también fueron sacudidos y, por su rol de sostén, están expuestos al mismo estrés traumático secundario (Hydon et al., 2015). Porque, todo lo anterior no se contiene desde el agotamiento, es necesario acompañar al adulto como condición para poder acompañar al estudiante.

Por eso, más allá del necesario plan de reconstrucción para la continuidad académica,es fundamental tener un plan de apoyo, acompañamiento y capacitación para directivos y docentes, tanto oficiales como privados, que ponga el bienestar socioemocional en el centro del regreso a clases. No como un anexo caritativo, sino como política pública con respaldo científico y con protocolos claros.

La reconstrucción del Chocó y del Eje Cafetero se medirá en viviendas levantadas y en puentes rehechos. Pero también, y sobre todo, en la capacidad de nuestras escuelas de volver a ser lo que la UNESCO nos pidió hace casi tres décadas: un lugar seguro. 

Porque contener el trauma, después de un terremoto, también se enseña.

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Sobre el autor
Docente Investigador. Doctorado en Pedagogía y Neurociencia Aplicada a la Educación. Universidad Santo Tomás Seccional Tunja.
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