Dejar tu país y realizar un intercambio estudiantil es una experiencia que asusta, pero a la vez emociona, son muchos sentimientos encontrados durante el proceso de movilidad que van desde la incertidumbre y nostalgia por salir solo, hasta la extrema felicidad acompañada de ansias por explorar el mundo.
La llegada a la ciudad fue aproximadamente a las 4:00 a.m., hora a la que el frío estaba al máximo y los taxis fuera de la central de autobuses no aceptaban llevarnos a un hotel por ser 4 personas con 10 maletas. Luego de varios minutos, aparecieron dos taxis más y nos dividimos para llegar a un hotel que, muy amablemente, nos había recomendado una familia anfitriona.
La joven mujer que se encontraba de recepcionista en el hotel nos dio una cálida bienvenida a pesar de tener un acento fuerte (que de primera instancia nos hizo creer se encontraba enojada), según nos contó; era una combinación de Santander y Tunja.
Nuestros días hospedadas en el hotel fueron gratos, el personal del hotel mantuvo un trato informal pero respetuoso y nos tomó por sorpresa el escuchar cómo nos llamaron “sumercé” la primera vez. Las recepcionistas de ambos turnos, al enterarse que éramos extranjeras nos recomendaron lugares para visitar, nos instruyeron sobre qué autobuses tomar y los precios que se manejaban para que no nos estafaran, una de ellas incluso me dijo que podía ir a visitarla cuando quisiera platicar con alguien.
Conocer a mi familia anfitriona era algo que me daba nervios, ¿qué pasaba si se arrepentían y me decían que ya no podía quedarme con ellos? Imposible. La señora de la casa y su hijo fueron muy amables, sociables y carismáticos, de inmediato supe que nos llevaríamos bien.
La experiencia en la universidad no fue distinta, desde el personal administrativo que nos procuró desde el viaje, hasta la llegada (y aun lo hace), nos dio un tour por el campus y nos presentó al directivo, hasta los alumnos que nos incluyeron en sus equipos de clase y se ofrecieron a mostrarnos la ciudad en los tiempos libres.
Durante nuestro tiempo libre y de recreación, de igual forma hemos convivido con personas “chéveres” con las cuales jamás habíamos tenido contacto. Una tarde en el karaoke nos hizo encontrar a una pareja adulta que compartía el mismo pasatiempo. En el establecimiento solo había dos micrófonos y nos turnábamos tímidamente para cantar, pero después de unas horas, la vergüenza se perdió llevándonos a cantar a dueto cada canción que salía (la conociéramos o no). Después de eso y las varias veces que desafinamos, estoy segura que la persona más amable es la mujer que atiende el local (por no echarnos).



