Mi nombre es Anyelith Zegarra, soy estudiante de Ingeniería de Sistemas y vengo de Piura-Perú. Antes de llegar a Tunja, imaginaba el intercambio como un reto principalmente académico; sin embargo, pronto comprendí que también era una decisión profundamente personal. Dejar mi hogar, mis costumbres, mi red de apoyo me exigió valentía desde el primer día, aunque el miedo y la incertidumbre estuvieron muy presentes, elegí avanzar con la convicción de que este paso podía ensanchar mis posibilidades y enseñarme más de lo que esperaba.
Desde mi llegada, algo que marcó mi experiencia fue la calidad humana de las personas. La amabilidad, el respeto y la cercanía con la que fui recibida hicieron que la extrañeza inicial se transformará, poco a poco, en confianza. Así mismo, me llamó especialmente la atención la fe que atraviesa la vida cotidiana en Tunja: una convicción serena y firme que no depende de las circunstancias, sino de una decisión interior. Esa forma de vivir la fe me invitó a mirar mis propios valores con más atención y a recordar que la solidez personal también se construye en lo cotidiano.
En la Santoto encontré mucho más que un espacio académico, la Santoto expresa en su día a día valores como el amor a la verdad, la solidaridad y una idea de formación integral que se percibe en el acompañamiento, en los espacios de participación y en la manera de orientar a los estudiantes. Además, como estudiante de sistemas, he encontrado un ambiente que me reta a pensar con rigor, a comunicar con claridad y a comprender que la tecnología cobra sentido cuando se conecta con la realidad y con la responsabilidad social.
Por otro lado, mi participación en espacios de evangelización se convirtió en una de las experiencias más lindas, porque, a través de actividades comprendí que ayudar no es solo un gesto aislado, sino una forma de estar con los demás: escuchar, acompañar y actuar con sencillez.
A nivel personal, esta experiencia me permitió relacionarme con personas de diferentes culturas y aprender de ellas, hasta llegar a sentirlas como una familia, porque nos apoyamos, nos comunicamos y cuidamos mantenido una unión sincera. Mis compañeros y mis anfitriones hicieron que lo nuevo no se sintiera frío ni distante; al contrario, me dieron un lugar al que volver cada día y eso me permitió vivir el intercambio con más calma. Llegue a comprender que dejar lo familiar no es sólo “adaptarse”: también es descubrir recursos propios que uno no veía mientras todo era conocido, y aprender con humildad a mirar la realidad desde otras perspectivas.
Hoy puedo decir que Tunja ocupa un lugar muy especial en mi vida por la universidad, por las personas y por lo que he aprendido de mí misma en el camino. Por ello, me gustaría regresar no solo como visitante, sino como alguien que reconoce aquí un capítulo importante de su formación.



