El pasado 08 de marzo de 2026, se celebraron las elecciones legislativas en nuestro país. Según datos de la Registraduría Nacional del Estado Civil, actualizados al 24 de marzo de 2026, se informa que, de 41.287.084 ciudadanos habilitados por el censo electoral, solamente el 50,62 % ejercieron su derecho al voto, representados en 20.900.614 sufragantes. Ello evidencia que hay un considerable margen de ciudadanos que, por varias razones o causas que no se pretenden elucidar en esta columna de opinión, decidieron no presentarse a las 126.647 mesas instaladas, las cuales estaban distribuidas en 13.746 puestos de votación.
De ese número de votantes y después de realizarse los escrutinios, la Registraduría reporta un total de 19.423.187 de votos válidos. De este número, el 96,82 % votaron por su candidato y/o por su partido político preferente, representados en 18.806.189 ciudadanos; el restante 3,17 %, representados en 616.998, votaron en blanco; el 2,79 % fueron votos anulados, representados en 573.572; el restante 2,41 %, representados en 495.519, son votos no marcados.
Llama la atención el número de ciudadanos habilitados en el censo electoral que no ejercieron su derecho al voto; también se presentó un número considerable de votos blancos. Por ende, esto permite cuestionar, de manera hipotética, la incidencia que tiene la falta de comunicación entre candidatos y electores, que repercute en la falta de conocimiento de sus propuestas y, específicamente, sobre los argumentos que las justifican.
Ahora bien, estando próximos a las elecciones presidenciales en Colombia, es curioso observar, en redes sociales, el volumen cada vez más creciente de insultos y agresiones, cuya frecuencia, periodicidad e intensidad no dejan de causar asombro. Del mismo modo, esto se logra observar en los boicoteos entre militantes de diversas agrupaciones y movimientos políticos, en lo que se refiere a los debates y campañas políticas que se presentan en la esfera pública, como lo son: plazas, calles, parques, entre otros escenarios o lugares.
En vista de lo anterior, vale la pena preguntarse: ¿por qué se privilegia el insulto y la grosería sobre el argumento? ¿Es acaso un problema filosófico de suma atención y consideración privilegiar el insulto antes que la escucha? ¿De qué modos la falta de argumentación y la dificultad de comunicarlos termina deteriorando la democracia? ¿Es plausible que se apele a la emoción y poco a la razón? ¿Hasta qué punto es saludable para una democracia la imposición de una idea o una creencia a través de la violencia?
Estas preguntas fueron abordadas, de algún modo, por el filósofo contemporáneo Jürgen Habermas, quien falleció a los 96 años de edad el pasado 14 de marzo de 2026. Habermas creció en la Alemania de posguerra, contexto que dejó huella y preocupación por el ejercicio democrático en una sociedad dividida por ideologías políticas. Fue estudioso indirecto de pensadores como Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, figuras centrales de la primera generación de la Escuela de Fráncfort e iniciadores de la Teoría Crítica. Sin embargo, se distanció parcialmente de su pesimismo y negativismo dialéctico, marcado por un reduccionismo histórico, proponiendo una visión más optimista con base en el diálogo, la deliberación y la racionalidad comunicativa como camino para los acuerdos fundamentales en una democracia.
Para Habermas, la deliberación hace parte del núcleo o columna vertebral de su propuesta democrática, adquiriendo un sentido ético importante de resaltar en esta columna; a saber, deliberar es una acción que se concibe como la libertad y el derecho de participar en un diálogo donde los sujetos se sienten y reconocen libres e iguales. Esta idea es fundamental porque rompe con la creencia de la idea asimétrica de la superioridad y la jerarquía. Quienes participan en estos diálogos buscan alcanzar acuerdos cuando sus razones logran pretensión de validez. La comunicación en este plano es indispensable, porque permite poner en conocimiento las problemáticas, las dudas, los cuestionamientos, las preocupaciones, los deseos, las necesidades, los puntos de vista, las perspectivas e, inclusive, los sentimientos o pensamientos que angustian a los interlocutores.
Para que pueda darse la deliberación, se necesita permitir espacios de diálogo donde los participantes puedan comunicar libremente sus posiciones sin coerción. En la concepción habermasiana de la deliberación, los participantes de un diálogo deben estar libres de miedos y temores; estos son efectos psicológicos que pueden darse a causa de las constantes amenazas, insultos y violencia verbal de los contradictores, el pan de cada día en nuestro país. La coerción es un problema de amplia dimensión filosófica porque con esta se busca silenciar, censurar, excluir y marginar del diálogo no solo a los participantes, sino a sus argumentos; por ende, sin escuchar no se pueden evaluar las razones o argumentos que son importantes para justificar las propuestas como las políticas, acciones y rumbos que toma la sociedad.
Ello explica por qué algunos candidatos deciden no participar en debates públicos o privados, quizás por el temor al insulto, la difamia, la calumnia e, inclusive, el boicoteo de sus propuestas. El problema que tenemos entre manos consiste en que esto redunda en la falta de conocimiento del electorado sobre aquellos argumentos que justifican las propuestas y que también pueden ser revisados o sometidos a crítica. Esto no solamente sucede en las elecciones, sino en las jornadas legislativas del Congreso de la República. Año tras año, algunos colombianos hemos sido testigos no de una deliberación como la propone Habermas, sino un lugar donde algunos honorables diputados y senadores, a falta de voluntad, se reúnen no para escuchar los argumentos o las razones de los otros, evaluarlos e interpretarlos, sino para agredirse, acusarse y violentarse mutuamente. Así, por consiguiente, se pierde la fuerza racional que preside los argumentos y las razones; simultáneamente, se pierden acuerdos representados en políticas sociales que pueden beneficiar a cientos, miles o millones de ciudadanos.
Si bien Habermas no estaba pensando específicamente en las redes sociales, sino en la esfera pública, el problema de la coerción trasciende a los medios y canales que empleamos para comunicar y acceder a la comunicación. En estos se puede observar cómo la coerción adquiere diferentes formas. En la teoría de la acción comunicativa, este acuñó el concepto de la acción estratégica, demostrando que la coerción también está en quienes, con base en su poder, manipulan, ejercen presión e influencia con el propósito de imponer, mas no someter a revisión y evaluación, sus ideas y propuestas. No deja de llamar la atención el papel que tienen algunos medios de comunicación.
Para finalizar, el legado de Habermas es un llamado a que la deliberación no sea una idea, sino que se convierta en una práctica y empecemos a experimentarla. No obstante, quizás el pesimismo que tanto criticó de sus predecesores, como Max Horkheimer, actualmente sigue tomando fuerza cuando se observa el escenario político en Colombia desde hace varias décadas. No por esta razón sus aportes han de pasar ignorados o descuidados.
En marzo de 2026, la muerte, esa verdad universal de la filosofía alcanzó a Habermas; sin embargo, sus reflexiones e ideas siguen vivas en quienes continúan cultivándolas con amor. Por lo pronto, nos despedimos de uno de los filósofos contemporáneos que abordó críticamente los problemas concernientes a la comunicación y la insuficiencia de diálogos en sociedades que aún, tercamente, se vanaglorian de autoafirmarse como democráticas.



